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Ser un Coggi: el peso de un apellido campeón

Martín y Jessica recordaron cómo fue crecer junto a Látigo Coggi, entre viajes, peleas y una infancia fuera de lo común. La presión de ser hijos de un triple campeón mundial y dos caminos diferentes que terminaron llevándolos al mismo lugar: el boxeo. Texto pegado

Ser hijo de un campeón mundial puede sonar como un privilegio, pero también significa crecer con un apellido que pesa. Martín y Jessica Coggi conocen las dos caras de esa historia: pasaron su infancia acompañando a su papá por el mundo, vivieron sus triunfos como si fuera un superhéroe y también tuvieron que descubrir que arriba del ring hasta los ídolos pueden caer.
Para Martín, además, el apellido Coggi trajo una presión que muchas veces se impuso él mismo. “Uno muchas veces dice ‘no puedo fallar, no puedo fallar’”, reconoció al hablar de una exigencia que no provenía de su padre, sino de las comparaciones inevitables con un triple campeón mundial.
Jessica, en cambio, recordó aquellos años desde la mirada de una nena que todavía no alcanzaba a dimensionar los riesgos del deporte. “Yo veía que mi papá era un superhéroe. Mi papá subía, ganaba por knockout y ya está, nos íbamos a pasear”, contó. Hasta que llegaron esas primeras peleas en las que ambos hermanos entendieron algo que hasta entonces parecía imposible: su papá también podía recibir golpes.
La fama también convirtió su infancia en algo bastante fuera de lo común. A veces faltaban a la escuela para acompañar a su padre en peleas y concentraciones alrededor del mundo. Y Martín recordó una postal difícil de superar: mientras a la salida de su escuela privada se amontonaban las 4x4 —y su propio padre también tenía una—, Látigo Coggi prefería ir a buscarlo a caballo. “Era fantástico”, recordó entre risas.
Con semejante historia familiar, escaparle al boxeo parecía difícil. Martín terminó subiéndose al ring pese a la resistencia inicial de su padre y llegó incluso a entrenarse a escondidas para conseguir su oportunidad. Jessica eligió otro lugar dentro del mismo universo: se convirtió en promotora, organiza eventos y trabaja como mánager de boxeadores, un camino en el que tuvo que hacerse respetar dentro de un ambiente que reconoció como históricamente machista.
Dos caminos diferentes atravesados por el mismo apellido y una misma pasión. Porque Látigo intentó que sus hijos eligieran otra vida, pero entre guantes desde los dos años, gimnasios, viajes y noches de pelea, parece que había algo contra lo que ni un triple campeón mundial podía pelear: el boxeo ya lo llevaban en la sangre.

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