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andrea

Ama y señora

La escena fue digna de culebrón barato con olor a naftalina y cachetada vintage: Andrea del Boca entró a la casa de Gran Hermano como si siguiera grabando una novela de los ‘90. Lágrima dramática, tono de heroína sufrida, poses de mártir nacional y acting de primer plano eterno. El problema, doña, es que acá no hay libreto, no hay primer actor galán y no hay director que grite “corten”. Y cuando no hay guion, el drama queda en evidencia.

La reina del melodrama quiso marcar territorio, repartir órdenes, victimizarse, llorar, abrazar, confesar traumas, invocar al psicólogo, a la madre, al pasado, al dolor, al sistema y a la humanidad entera… todo en una misma secuencia. Una licuadora emocional sin tapa. Entre el jamón, los gritos, las frases grandilocuentes y el “yo soy la dueña”, armó un show que parecía mezcla de terapia grupal, comité político y casting de telenovela fallida.

Pero el reality no perdona: cuando el personaje cree que manda, el formato lo mastica. Porque en Gran Hermano no hay Cristina, no hay jefa, no hay diva eterna ni reina del prime time: hay convivencia, votos y cámaras 24/7. Y cuando la cámara no corta, el acting se nota más. Mucho llanto, mucha épica personal, mucha tragedia discursiva… pero la casa no compra discurso: compra comportamiento.

Ahora queda ver qué pasa cuando la tortilla se dé vuelta y el melodrama choque contra la dinámica real del juego. Porque en este circo televisivo, el que entra creyendo que actúa, termina siendo actuado. Y en Bendita lo sabemos: cuando el drama se sobreactúa, el público no aplaude… se ríe.

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